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lunes, 14 de enero de 2013

Pero Ella no eres tú

Ella.

No sé quién imagines que es Ella, pero Ella no eres tú.
No estás ni estarás nunca detrás de aquellas montañas, ni tan lejos como para pensarte, incesante, cada madrugada y verte en cada sueño. El otoño es como Ella, y tú no eres igual, hueles a muerte, a muerte de invierno dispuesto a morir, y Ella huele a otoño, a una muerte diferente, una dispuesta a florecer, algún día, bajo el Sol luego de la tempestad.

Y como sus manos toca el otoño, pero tú en cambio hieres como el cristal de los altos y arrogantes edificios, grises vestigios de un tiempo en el que el hombre se come al hombre.

Ella es el otoño, el otoño mismo como su nombre tal vez suene, como si de más estuviera decir que el otoño en los años y en el corazón pesa más que un sentimiento que hoy se siente tan pasajero. Ella es como cada calle de frío, tú como cada punzante ráfaga de viento en los baldíos desolados, alejados de la mano de los hombres y los dioses; Ella es el otoño y la ciudad su cuerpo apenas. Pero tú, tú eres ese lugar abandonado, esa miseria que mendiga por monedas en las calles, eres el humo de los colectivos, el vandalismo en los murales; tú eres belleza, pero eres belleza extraña, efímera, incomprendida; Ella no eres tú.

Ella es gris y de muchos colores, pero tus colores se han desvanecido, y ahora sólo son daños olvidados en aquellos espacios que ya no tienen nombre.

Ella es simplemente Ella, la ciudad la envidia.
Y el otoño le hace reverencia; y tú debes hacerlo también.

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