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domingo, 24 de abril de 2011

Pequeña historia extraña

Caminaba por el parque, a eso de las cinco de la tarde…
Una mochila roja pendía de su hombro derecho y golpeaba la parte trasera de sus piernas, sus ropas azules, sus guantes y su gorro del mismo color le daban una extraña sensación de mala combinación, pero, después de todo ¿quién tenía tiempo de preocuparse por la moda?
Hacía frío, después de todo no había subestimado el invierno regiomontano; una leve brisa helaba su cara, enrojeciéndola y despeinándola por momentos, sus cabellos castaños ondeaban libremente al aire; aquello hubiera sido un cuento de hadas de no ser por lo que había sido su preocupación los últimos dos años: los muchachos.

Y no es que tuviera la estúpida fijación de sus ‘amigas’ de tener novio y presumir su cara de porcelana por los centros comerciales más transitados de la capital y sus alrededores; no, sus motivos eran peores, y es que, con quince años cumplidos, no se sentía cómoda en su propio cuerpo (¿me explico?).
Ahora todos parecían verla, algunos de sus amigos le habían perdido el respeto, y algunas de las que se consideraran sus amigas le habían vuelto la espalda porque ella terminaba eclipsando su belleza… pero definitivamente no era su culpa no ser más una niña.

Algunos le gritaban mientras corrían por entre los árboles del parque, otros más la señalaban y susurraban cosas a sus amigos, los más solo la miraban con cara estúpida mientras pasaba.

El rubor era más que evidente, su nerviosismo era tal que decidió tomar una calle desconocida, para que como por arte de magia se convirtiera en un atajo a su casa; mala decisión. En tal calle había un gimnasio, una especie de club de boxeo y un bar; la experiencia fue aterradora, mientras un nutrido grupo de sudorosos, golpeados y borrachos la acosaban comenzó a correr. Las lágrimas brotaron de sus ojos, resbalando por sus mejillas, mojando incluso el cuello de tortuga de la blusa, su cabello se arremolinó en el viento helado, e incluso pudo sentir cómo el gorro salía volando, pero la vergüenza no la dejaba volver…

Terminó en otra calle desconocida, algo falta de aliento y con las mejillas encendidas, seguía sollozando por lo bajo, y las lágrimas le velaban la visión, decidió sentarse en la cochera de una casa aparentemente abandonada; se recargó en la pared y se encogió, abrazando la mochila con las piernas mientras seguía llorando. De pronto escuchó pasos.

Levantó la cabeza y ahí estaba él.
De estatura mediana, apenas un poco más alto que ella, tez morena y ojos oscuros, llevaba el cabello largo y una guitarra colgaba en su espalda, traía en una mano un libro rojo, y en la otra una bola de trapo azul que reconoció: su gorro. Le tendió la mano.

Ella dudó, pero al final accedió a ser ayudada a levantarse. Fue él quien tomó la palabra. “Mi nombre es Diego”, comenzó algo titubeante, pero mirándola a los ojos, “tú… digo, se te cayó esto”, y le tendió el gorro con la mano algo temblorosa; ella lo aceptó y le sonrió, él continuó, “oye, lamento el comportamiento de aquellos”, dijo señalando con la cabeza la calle del gimnasio, el club y el bar, “esos malditos nos dan mala fama a los hombres, ¿verdad?”, añadió con una sonrisa. Ella le correspondió el gesto, pero no dijo nada más.
“Bien, me tengo que ir”, dijo él, algo extrañado del mutismo de ella, “llego a mi casa tarde y uno de esos idiotas me rompió los lentes por pasar demasiado cerca de su gimnasio”, dijo con resentimiento, “esto me va a doler en los oídos cuando mi madre se entere…”, concluyó con una sonrisa sarcástica mientras le mostraba unos anteojos partidos por la mitad.

Lo vio alejarse, mas luego un sentimiento extraño la hizo sentirse con ganas de correr tras él… y lo hizo. Lo abrazó por detrás, se alzó de puntillas y le susurró al oído un tenue “gracias”. Él sonrió, pero no volvió la cara, ella se le adelantó y le preguntó, como para sacar un tema de conversación, hacia dónde podía caminar para llegar lo antes posible a su calle; él le dio las señas de a dónde ir, ella se despidió y comenzó a caminar en la dirección que él le había indicado, esta vez con una sonrisa en la cara, era la primera vez en dos largos años que un muchacho no usaba la frase “¿te han dicho que eres muy bonita?”, o ponía cara de galán de telenovela, con una sonrisa más falsa que la de los muñecos que venden en el mercado…


“¡Oye, niña!”, escuchó un grito lejano y volteó, era él.
“¿Si?”, dijo algo confundida, aún con rubor en el rostro.
“¿No te interesan unas clases de guitarra?”, preguntó casi en voz baja.
“Pues… sí, ¿por qué?”, dijo ella con una pequeña sonrisa.
“Porque… yo puedo… claro, si tu quieres… mira, ésa es mi casa”, dijo señalando una pequeña casa verde de un piso, “si quieres te puedo dar clases, tu sabes, gratis…”, dijo sin saber qué mas decir, parecía que había ensayado las frases, pero que había olvidado planear qué más decir.
“S… sí, está bien… pero… tú…”, dijo ella con una sonrisa.
“Muy bien, te espero…”, interrumpió él, “no te preocupes, soy buen maestro, y no estaremos solos, mi madre está ahí… aunque probablemente regañándome por los lentes”, concluyó con otra sonrisa sarcástica…

Los complejos, de pronto, simplemente se fueron.

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