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viernes, 20 de mayo de 2011

Aquel Beso

Se conocían hacía dos años; sin embargo, la última semana había sido especialmente mágica.
Ella, baja y de tez blanca, lentes de armazón negro y grueso de plástico con flores grabadas, de cabello largo y negro; de contrastes tales que el juego de colores era ciertamente irresistible a los ojos de él.
Él, de estatura normal, aunque alto entre los suyos, de tez morena, armado con anteojos e ideas nuevas de poesía siempre que la veía a los ojos.
No se sabe con exactitud cómo pasó, pero un día lunes simple y sencillamente iniciaron un juego que, a decir de muchos, se salió de control…
Durante tres días planearon un viaje a una plaza cercana, planearon la comida planearon el árbol en el que se sentarían, planearon, en fin, un sonoroso decimoquinto cumpleaños para él.

Miércoles. Pasearon de la mano, siguiendo el juego, por aquella plaza; bromearon y hablaron, el tema de rigor quedaba atrás, las escuelas ya no tenían nombre, sino números; pronto él y ella presentarían un examen de admisión en las escuelas número siete y veinticinco, respectivamente; ambos se quejaban de los profesores que les daban asesorías para tal examen, pero, ciertamente, les importaba poco…
Después de comer ambos siguieron su paseo, deteniéndose sólo un momento. “Abrázame”…ella había dado el primer paso.

Todo pasó tan rápido que no lo vieron venir. En efecto, fue jueves, luego viernes y las cosas marchaban algo extraño.
En la mañana del día viernes ocurrió un incidente extraño. En la clase de tutoría, la última del día, la maestra había descubierto su juego: en un descuido los miró con las manos entrelazadas sobre la pierna de ella, de no ser por la risa de una amiga de ambos, quien más tarde se convertiría en confidente, la maestra no se habría dado cuenta.
La anciana docente pensó en ignorar el incidente, sin embargo, al ver que no cedían en su intento de fundir las manos en una sola y peor aún, al ver que ahora ella comenzaba a acariciarle desde la muñeca hasta la punta de los dedos llamó a él a ir un momento a su escritorio.
“¿Qué significan esas manos?”, preguntó con ojos acusadores tras los lentes cuadrados y rojos. “Nada, le juro que nada”, replicó él, y replicó tan bien que la convenció y lo dejó ir; era cierto el invisible significado de las manos entrelazadas…por ahora.

Viernes en la tarde. Ya antes habían paseado de la mano por el parque, nada formal. Él bromeaba, ella reía; él, al ver la sonrisa en los labios de ella no hacía más que morderse los propios…de nuevo.
Cada día, desde el inicio de la semana, él había sentido un incesante deseo de besarla y aunque más de una vez estuvo cálidamente cerca, siempre algún amigo llegaba a interrumpir, quedándose los tres con ése silencio tan incómodo…siempre terminaba mordiéndose los labios.
Después de unos minutos el tiempo no parecía pasar y el mundo se apagó; esto tardaba demasiado.
Ambos flotaban, sentían la brisa en la cara y se detenían en las sombras de la arboleda; ella lo miraba y sonreía tímidamente, acariciaba su mano, lo traía hacia ella y lo abrazaba …de haber sido más sentimental, él habría llorado.
Siguieron caminando.
Mientras se sentaban a descansar en aquella banca el miedo volvió de súbito; ése miedo que habían tenido de confesarse aquel amor, ése estúpido miedo…pero; por fin.
Al elegir la banca ella selló el destino, por fin.
Aún tomados de la mano, lo llevó hacia ella y lo volvió a abrazar, lo besó en la mejilla y se recargó en su pecho. “¿Te imaginas qué diría la maestra?”, preguntó él, mirándola a los ojos; la respuesta a su pregunta fue un sincero “no me importa”. Él sonrió y apartó sus ojos de ella.
Ella volvió a romper el silencio con una frase que lo acompañaría en sus sueños: “Tu corazón va a estallar”.
Él sintió miedo de nuevo, pero sus ganas de besarla pudieron más que sus sombras e incertidumbres; levantó la cabeza y la recargó sobre el pecho de ella, sintiendo su calidez, recordando el recorrido de aquella tarde de viernes; recordando el pequeño puente, el farol que los vio abrazarse y que casi los ve…casi; había faltado poco.
Él sintió que sus corazones latían al mismo ritmo -alto, por cierto-
“Tu corazón va a estallar”, dijo él y sintió cómo el cuerpo de ella se estremecía.
Se miraron, se sonrieron; él mordió sus labios por última vez y ella soltó una tímida risa, y después…magia.

Sus ojos se cerraron.
Y al fin sus labios se encontraron, se acariciaron, acabaron con la espera; ¡Vaya semana eterna!
El tiempo se detuvo, el ruido cesó, el sabor de sus labios llegó al corazón de él; ése sabor inconfundible que no lo dejaría nunca en paz.
No se sabe cuánto duró el beso, pero estaría de más saberlo, pues ni el tiempo ni el espacio importaban ya en aquel instante de magia.

Aún seguían tomados de la mano; seguían acariciándose…
“¿Somos novios?”, preguntó ella. “Sería extraño si no, ¿no crees?”, respondió él.

Sonreí.