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viernes, 26 de agosto de 2011

Lágrimas de acero


-Desde el Cerro de la Silla
se divisa el panorama
cuando empieza a anochecer,
de mi tierra linda y sultana,
y que lleva por nombre, ¡si señor!
Ciudad de Monterrey.
(Corrido de Monterrey - Fragmento - Dominio popular)-

Comenzó como un día normal.
Nada más allá de la realidad en que un joven estudiante viaja entre la multitud.
Un vagón, luego el otro, un movimiento oscilatorio tras otro, mientras los metros se consumen debajo y la naciente mañana saluda, en parte sonriente, en parte angustiada, a aquel gran coloso al que llamamos Monterrey.

La televisión no es de mi agrado, en parte gracias a aquellos del centro, en parte a gracias a aquellos de aquí; sin embargo hoy es algo diferente.
Rostros serios, mirada fría, un silencio sepulcral en las imágenes, de pronto ruido, llanto; de pronto nada, corazones rotos; de pronto una fijación por ver lo que sucede en la pantalla, de pronto un dolor agudo que comienza en el pecho y termina en la última punta de algún cabello.

Mi mundo siempre ha sido Monterrey, siempre lo amé, siempre me enamoré de los días, de las tardes, siempre soñaba con las noches, con las madrugadas; siempre fue aquel antaño, siempre fue la industria, el progreso, el orden. Pero ahora es diferente.
Lo sigo amando, aún más que antes, pero falta algo, sobran cosas que no quisiéramos.

Falta amor, falta paz, falta conciencia, falta gratitud, falta sentido común.
Sobran lágrimas, sobra sangre, sobra indiferencia, sobra plomo en el ambiente.

Mientras mi Monterrey se desangra sigo aquí, impotente; mientras todos marchan en otras ciudades, aquí nadie parece despierto, ¿te asusta la lluvia, Monterrey? ¿Qué estás esperando?

¿Por qué sangras, Monterrey? ¿Quién te ha hecho esto? ¿Cómo permitimos que pasara?
¿Por qué lloras, Monterrey? ¿Ha caído la corona de la Sultana?
¿Por qué no pasa nada, Monterrey? ¿Por qué si somos más?

-[...]y retiemble en su centros la tierra al sonoro rugir del amor [...]
(Himno Nacional Mexicano, estrofa modificada)-

sábado, 20 de agosto de 2011

Enredos

-Hoy quiero solo hablar, no pensar, no filosofar, solo hablar; quiero sentir la brisa debajo de algún árbol, imaginarme el vaivén de un vagón lleno de historias, mirar por la ventana y saludar al día y cada segundo; hoy quiero quedarme callado y hablar.-


Imagine, lector, una esfera.
¿Sabe usted lo que es? Bien, si es así, imagínela de cristal.
¿Podemos continuar?

Las cosas me parecen ahora extrañas.
Todo al parecer dio un vuelco un tanto... digamos impredecible, por comodidad, pues a esta hora no quiero molestar a esa inocente persona a la que llaman Román Saucedo haciéndolo verificar palabras en un diccionario.

En fin, prosigamos.
Todo un desfile de ideas pasa delante de aquella esferita de cristal que pedí que imaginara -lo siento si imaginó una esfera muy grande-, digamos que toda mi vida se resume en eso, en girar una esfera y que sea lo que la vida quiera.
De un tiempo para acá, no.

No sé cómo sentirme, después de todo, las causas dependen de sus efectos -¿era así, no?-.
Algo tan grande como la vida se me dio en bandeja de plata, se me reveló, se desnudó frente a mi; y por ahora en lo único que puedo pensar es el las razones.
No soy pleno, pero no sé por qué.
No soy feliz, pero no estoy triste y viceversa.

Mi mundo, esa pequeña esfera, está ahí, dando vueltas; ¿y qué?
Miro al espejo y no me reconozco.
Cada día llevo el cabello más largo, la barba más desigual; cada día me enfrento a una mirada vacía detrás de esos anteojos que me atan y me enamoran de una idea que tal vez algún día fui yo.
No tengo significado, nada lo tiene.
Nada es para siempre, y sin embargo nada muere; no es que le tema a los cambios, a veces siento que ellos me temen a mi, que me dan su mejor estocada para que no los dañe, ni los queme con la mirada, ni los señale con el dedo, ni los critique; simplemente no siento estar preparado para más cambios.

Lector, si ve esto es porque me conoce, casi puedo afirmarlo; me ha visto caminar, se ha topado conmigo en el metro, ha ido al cine y disfrutado de frivolidad gringa a mi lado mientras se atraganta de palomitas; pero, ¿sabe quién soy?
¿Comprende la magnitud de mis palabras? Yo no.

Las cosas se me han arrancado poco a poco, pero no han dolido en demasía, "nomás lo que's", como dirían en los ranchos; hasta un día en que todo perdió el color.
He hablado muchas veces de ello, y aún así siento el deseo de seguir haciéndolo. Hay quien dice que recordar es regresar veinte pasos el camino andado; yo le digo a ese alguien, ¿y qué camino estás siguiendo? ¿es siempre conveniente seguir por ahí? ¿y si necesitas regresar, porque te has dejado algo importante?

En fin, lector, quisiera que me escuchase, no que me leyese; quisiera que estuviera ahí, viéndome a los ojos, mostrándome su verdadero rostro. Quiero ser sincero y que usted lo sea conmigo.
Por lo demás, siéntase con la libertad de estrellar la esferita contra el suelo, espero algún día volver a formar otra

jueves, 4 de agosto de 2011

Amor de concreto

-Próxima estación: Hospital-

Parpadeo apenas.
Un tumulto de paredes gricáseas a medio pintarrajear se aparecen allí debajo, mientras el suave contoneo de los poéticos vagones aferra mi cuerpo a los tubos que hacen de baranda y pasamanos.
Al bajar, junto a la multitud de personas enfundadas en batas blancas y trajes azules, tomo las escaleras más cercanas para después salir por el acceso más lejano, ese al que la gente no hace caso por comodidad, ese que siempre está vacío.

No pasa mucho en el trayecto, lo cual se agradece a la vida por todas las convulsiones que sufre mi ciudad, la Capital.
Nada más interesante una prueba de inglés básico y de regreso a mi casa; como siempre, soy el primero en finalizarla. Se acerca ella.
No, no es la 'ella' de la que siempre hablo, no es la Dulcinea de este mal parado Quijote; Ana, mi mejor amiga, mi compañera y confidente, viene hacia mí con la misma cara de fastidio que seguramente yo expreso.
Calmo las ansias con un poco de música y pienso '¿por este examen me sacaron de mi cama?' a la par que caminamos de regreso a la misma estación.

Al parecer las cosas son diferentes si lo ves desde los ojos del mejor amigo; mi indiferencia se hace presente, mi nostalgia regresa y me deja mudo como tantas otras veces. No, no soy el mismo. No, no he cambiado.

Se sienta en el piso mientras yo me deleito con el paisaje montañoso de allá lejos.
Una bandera, la amada tricolor, me saluda a mí más que a nadie; en mis oídos una canción queda, bajo mis pies, el convulsionante Monterrey, con sus voces y colores, con sus sutiles aromas y sus juegos de palabras; cerca de mis piernas está ella, allá lejos se vé venir un azuloso punto que termina su metamorfosis frente a mi y abre sus puertas en mi rostro, siendo primero una brisa la que me despereza y un intento de multitud, después, quien me mueve a quitarme de su paso. Entro. Entramos.

Sonrío mientras leo los espectaculares y saludo a la bandera con la mente.
Allá lejos queda lo que antaño fue la última frontera, la última fortaleza en nunca caer contra el enemigo del norte. Allá lejos va mi corazón y pensamiento, por entre las montañas, los árboles y los cielos lejanos.
Hablamos, aunque no presto atención.
Habla, y sigo sin hacer más que asentir o negar con la cabeza; de un rato para acá todas las palabras me suenan a lo mismo y comienzo a aburrirme, comienzo a extrañar otras voces.

Lo mismo el polvo que la lluvia, todo me remite a los días de antes, a los ayeres.
El calor lo empeora, la gente lo disimula, la vieja Sultana, añeja capital del norte, se ve desvalida, desilucionada; la miro corrupta, lóbrega, resentida, mis ojos reflejan su dolor, su abandono; mi alma grita dentro de mi ser, mientras continuamos caminando casi de la mano, forzadamente.
Las tardes en los parques parecen lejanas ahora.

Un té helado más allá de los minutos que pasamos esperando y llega el segundo tren.
Majestuoso, de voz áspera cual grabación matutina en los autoestéreos regiomontanos, limpio y espacioso; estos canadienses sí saben cómo construir vagones de metro...

Al final sólo puedo atinar a decir el ya clásico 'nos vemos', mientras me alejo sin volver a mirarla, justo como dejé a aquella que aún roba algunos de mis suspiros.
Subo a otro vehículo, un autobús azul.
De nuevo pasa la ciudad frente a mí; por estos lares la llaman San Nicolás, fiel vasallo de la oxidada pero pujante Capital, siempre a su sombra.

Es lo mismo en todos lados: paredes deslavadas a fuerza de días, a muerte de horas; casas abandonadas en el apretado centro, gente que pasa y no se detiene siquiera a mirar; árboles que saludan, haciéndome recordar quiénes son los verdaderos señores de la ciudad.

Bajo cerca de mi casa, lo más posible, y tomo el camino más largo esta vez; siempre llego de una manera distinta, pienso en lo conveniente que sería un helicóptero para llegar por arriba...
En un momento de reflexión sonrío.
"Hay tantas cosas en la ciudad que me desesperan, pero aún así la amo", pienso; mientras tanto una mota de polvo burla la muralla de cristal y da de lleno en mi retina.

martes, 2 de agosto de 2011

Pensamiento vacío

Lluvia de recuerdos innumerables.
Se funde de pronto la nada; miras por la ventana la vida pasar, el recuerdo, el sentimiento, se rompen al unísino, cual cristal infinitamente perfecto.

Palabras largas, cortas; sonidos que silban, que rugen, que desgarran; distancias que unen, líneas que separan; una noche cae sobre la otra, y las dos sobre los días, y los días sobre las voces, y las voces sobre tí, sobre tu recuerdo, sobre tu mirada; y tu mirada se recarga en mi pesar, y mi pesar llora, llora lágrimas de aceite, gotas de carbón, tiempos de diamante.

La razón se bate a duelos con el desenfreno, uno y otro ganan de vez en vez; miro el reloj que no avanza, el tiempo que demora, la fiel caricia de la nada sin vacío entre nosotros. Un mapa, tan solo un mapa más, una distancia menos; aquel valor infinito que eran tus manos, aquellos días de letras, de cantos, vuelven; vuelven también tus ojos, las caricias de cada uno de tus dedos, los reflejos de tu figura contra la pared que saludaba orgullosa las latitudes de tus caderas; los finos labios, esos labios que nunca probé, esos labios que siempre callaban en el momento más inoportuno, los mismos que a veces temblaban de miedo y sonreían después; los mismos que mordías incesantemente.

Jugar al desvalido no es lo mio, nunca lo ha sido; pero sí lo ha sido el morir de amor, el sentir, el enamorarme de cada curva y recoveco de tu ser; mi afición era perderme en las nostalgias de antaño, aquellos extraños lamentos me llenaban de vida; me perdía como tantas veces en tu voz, en la grand ciudad que dibujabas con tus labios, con tus ojos, con tus manos; en el Monterrey que pintabas en mi corazón, en aquellas estaciones y lugares subterráneos, en las idas y las vueltas, y en los libros, en los tristes y lejanos libros.

Las campanas doblan con ruido infernal, taladran la mente, el corazón; la lluvia quema, los cuentos aturden; las viejas miradas no son lo que antes; las brisas no me traen tu recuerdo; has muerto lejana en el horizonte, dormida en las calles de un lugar que desconozco y que desprecio y amo con igual fervor; al que detesto por sobre todo la causa que te arrebatara de mi lado, y el que me fascina por que ahí puedo encontrate no solo en pensamiento.

Esto, en suma, terminó como otra oda a los recuerdos.
Tiempo, vida, lluvia, universo y un mapa del centro de México... vaya locuras que se me ocurren de vez en cuando...