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sábado, 7 de abril de 2012

La leyenda del Gato y la Luna

Se narra tal como ocurrió una cálida noche de primavera, en la habitación de Ana D'elak.


Eri Gerzo apareció en el marco de la puerta que había olvidado cerrar, Ana se enderezó y logró sentarse por completo en su cama.
"Después de lo que ha pasado", comenzó Eri, "no se me hizo justo dejarte sola a pensar".
"¿Te enviaron tus abuelos?", respondió Ana sin levantar la mirada, mientras fingía examinarse los dedos.
"No, me he enviado yo solo", dijo él, acercándose lentamente hasta llegar a la orilla más próxima del colchón en el que luego se sentó, dándole la espalda a ella.
"¿Qué puedes hacer tú aquí?", retomó nerviosa Ana, "¿crees que puedes ayudarme, después de lo que acaba de suceder?"
"Ayudarte no", reconoció Eri, "no me creo capaz de tanto", cortó sin ánimo, mas luego retomó: "Pero al menos soy bueno contando cuentos", dijo con una sonrisa.

Ana sonrió tímidamente, casi por compromiso, pero con un impulso natural que la desconcertó. Eri se levantó de la cama y comenzó a rondar por la habitación, yendo y viniendo a su antojo, con los brazos extendidos y las manos girando delicadamente; sus pasos apenas rozaban el suelo.
Luego retomó el camino a la cama y se sentó de nuevo, esta vez a unos cuantos centímetros de Ana; tomó con delicadeza una pequeña figura de porcelana de la mesa de noche: un gato negro con mirada de acecho; miró por la ventana, abierta de par en par y observó por algunos segundos la Luna Llena que se escondía por momentos entre las nubes.

"Todo sucedió hace mucho", comenzó con voz clara, "justo como sucede en todas las leyendas porque, al parecer, los tiempos antiguos son los mejores para contarse". Ana seguía mirando sus dedos, pero prestaba atención a cada palabra.
"Antes que el tiempo comenzara a contarse, pero después del reinado del Primer Sol; luego de la caída del Primer Reino de los Hombres, cuando las ratas royeron los cimientos de las enormes y majestuosas ciudades que el Rey Mánder ordenó construir para que toda criatura supiera de su imponente mano. Justo  en esa antigua era sucedió esta historia", se contuvo un poco para mojarse los labios y mirar a Ana a los ojos, supo que tenía su mirada de ahora en adelante, "en la vieja ciudad de Tróvelin vivía un poeta."

Tras unos segundos de tensión, él se acercó un poco más a ella y retomó el relato.
"En la vieja ciudad de Tróvelin vivía un poeta", repitió, "un poeta que en tiempos aún más antiguos había cantado con su guitarra a todo objeto que en la Tierra hubiera; cantóle a las plantas, a las flores; cantóle a las enormes montañas y a las profundas cavernas; cantóle a los gatos y a los perros, y cantóle a los conejos y a los pájaros y, más aún, cantóle a cada uno de los caballos que retozaban en las praderas; cantóle muchas veces a su esposa y a sus hijas de cabellos rizados; cantóle al fuego y al agua que fluía en los ríos y que moría de sed en los estanques. Le había cantado incluso al Sol, a las nubes, a las estrellas, y a las constelaciones; pero no le había cantado a la Luna". Cortó de nuevo la narración para mirar por la ventana y confirmar que la Luna Llena seguía ahí, ávida por escuchar su historia.

"El poeta, que era llamado Lôrbe, comenzó una noche a componer la canción a la misma luz de la Luna que le daba inspiración; pronto, dióse por vencido, abrumado por la belleza de los rayos irregulares, fríos, de tonos oscurecidos pero luminosos; Lôrbe comenzó a llorar con amargura, mientras rasgaba furioso las cuerdas de su instrumento, mientras maldecía la eterna pulcritud de aquél ojo azulado y grisáceo. Y mientras su desgracia ahogaba las penas en un mar de locura y agonía, un gato salió de entre los arbustos al pie de su balcón", Eri sonrió y Ana le correspondió.

"Un hermoso gato negro, de pelo que relucía a la luz hermosa, nocturna, que acariciaba tiernamente su espalda, lentamente hasta llegar a la larga cola; un gato de ojos verdes que reflejaban el dolor de Lôrbe y el aura de aquélla hermosa figura del cielo, más cercana que las estrellas.", Ana no aguantaba la emoción y miró por la ventana hacia el oscuro firmamento iluminado por aquella Luna que parecía una lámpara solitaria en un mar vacío.

"Y el gato le habló", continuó Eri, "el gato lo consoló, 'no llores, gentilhombre, no llores', dijo el gato, y Lôrbe se calmó un poco, 'no vale la pena llorar por ella, que yo mismo lo he hecho antes, en incontables ocasiones', repetía el gato, 'no llores, buen poeta, no llores', y el buen Lôrbe logró contener un poco sus gimoteos; 'gato, ¿qué haces aquí? ¿es que me has venido a ayudar?', preguntóle el poeta al animal, que ya se había echado en la orilla del barandal de su balcón; y el gato respondió, 'no seas ridículo, poeta, no he venido a ayudar a nadie, sino a contemplar la Luna como tú, y a escucharte cantar, como ella'; Lôrbe bajó la mirada y las lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas y a mojar su barba, el gato, cansado de no escuchar su canción, se levantó y fue hasta el regazo que sostenía la guitarra del hombre, y ahí rasgó con impaciencia las cuerdas, y comenzó una tonada que ningún oído humano ha vuelto a escuchar con tal belleza", Eri tomó aire, esta parte del relato la tenía que narrar con perfección. Se levantó de la cama y, en contraste con la trémula luz de Luna, comenzó a cantar en voz baja, pero claramente.

"El Gato y la Luna amantes son,
desde días oscuros antes del Sol;
el Gato y la Luna, de tiernos tiempos vienen,
desde los días que dioses no tienen


El Gato y la Luna murmuran,
y cuando cantan enamoran;
El Gato y la Luna, en su eterna sinfonía
no prestan oídos a la creciente agonía


El Gato y la Luna amantes son, 
desde días oscuros antes del Sol;
el Gato y la Luna, viven en el pecado de la perfección,
el Gato por ser gato, y la Luna por ser más que canción.


Alejóse el gato de aquél desdichado poeta, dejando más preguntas que respuestas, y un poco de pelo en su regazo y entre las bien tensadas cuerdas.", suspiró Eri mirando fijamente a Ana.

"Y cuentan los que saben", dijo por último, "que aquél gato subió al oscuro mar de estrellas, escalándolas una a una, trepando como si un mañana no fuera a existir, dicen, que sólo para darle un beso a la Luna, que ese día se sonrojó, y luego, como si nadie lo hubiese visto, desapareció en el enorme vacío. Y esa, señorita D'elak, es la Leyenda del Gato y la Luna, muy pobre, es cierto, pero, por alguna razón, es de mis favoritas".
Concluyó, sonriente.