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lunes, 14 de enero de 2013

Pero Ella no eres tú

Ella.

No sé quién imagines que es Ella, pero Ella no eres tú.
No estás ni estarás nunca detrás de aquellas montañas, ni tan lejos como para pensarte, incesante, cada madrugada y verte en cada sueño. El otoño es como Ella, y tú no eres igual, hueles a muerte, a muerte de invierno dispuesto a morir, y Ella huele a otoño, a una muerte diferente, una dispuesta a florecer, algún día, bajo el Sol luego de la tempestad.

Y como sus manos toca el otoño, pero tú en cambio hieres como el cristal de los altos y arrogantes edificios, grises vestigios de un tiempo en el que el hombre se come al hombre.

Ella es el otoño, el otoño mismo como su nombre tal vez suene, como si de más estuviera decir que el otoño en los años y en el corazón pesa más que un sentimiento que hoy se siente tan pasajero. Ella es como cada calle de frío, tú como cada punzante ráfaga de viento en los baldíos desolados, alejados de la mano de los hombres y los dioses; Ella es el otoño y la ciudad su cuerpo apenas. Pero tú, tú eres ese lugar abandonado, esa miseria que mendiga por monedas en las calles, eres el humo de los colectivos, el vandalismo en los murales; tú eres belleza, pero eres belleza extraña, efímera, incomprendida; Ella no eres tú.

Ella es gris y de muchos colores, pero tus colores se han desvanecido, y ahora sólo son daños olvidados en aquellos espacios que ya no tienen nombre.

Ella es simplemente Ella, la ciudad la envidia.
Y el otoño le hace reverencia; y tú debes hacerlo también.

jueves, 3 de enero de 2013

Un final

Tiempo; cae la mañana y pido tiempo.

Un suspiro se une al otro, entre sueños, nostalgia y nada mejor que hacer en la temprana madrugada.
Los días siempre iguales se agolpan en el nuevo calendario y sigo yo aquí, pidiendo tiempo como si mendigando lo fuera a conseguir en la palma de la mano, junto con la sonrisa que a todas horas se anhela.

Y luego vienes, regresas.
Tú, tan inmutable como la nada, tan sencilla como aquella mañana fresca en que mis ojos se encontraron con los tuyos.
Y el aire gélido de la ciudad adormilada me arrulla, regresa mis pasos por todos esos pasillos recorridos, entre el tiempo y el espacio y más allá, a la fecha y hora en que, tan cercanos, renuncié a ti.

A veces pienso -y me gusta hacerlo-, pienso en un mundo alterno, un día que nunca se cumplió; un despertar frente a frente, un sonreír mutuo, un caminar por los pasillos de la mano y en abrazo eterno un fundirse entre los extraños que rodean sin estar, apenas existiendo.

¿Sabes?, la nostalgia me hizo soñarte algunas veces.
Te soñaba riendo, te soñaba corriendo; incluso te soñaba enojada, llorando o maldiciendo; y siguen ahí los sueños; y te puse otro nombre y te escribí, y a sazón te escribí poesía, prosas impronunciables, imposibles; cuentos de hadas, dragones y -¿cómo iban a faltar?- unicornios azules.

Y luego sin más me alejé, esto de ser buen perdedor se me da bien, no eres la primera, pero sí la última, he de decir.

La vida es vacía, apenas sabe, pero sabe al menos.
No sabe a tus labios, no, porque no tengo manera de conocer su sabor; sé que no es el sabor de la piel tersa que me gusta acariciar ocasionalmente, ni el cabello en el que me gusta matar mi tiempo, a más que mi amor reviva.

La gran incógnita siempre serás tú, el gran misterio sin resolver, una caja abierta a la que nunca atreví a asomarme.
Pido tiempo, pero el tiempo me pide a mi.

Y sólo por eso mantengo una esperanza, pequeña, efímera, estúpida, de que otra vida exista más allá de las oportunidades vencidas.

Eterna luz de Luna que guía la razón,
razón embriagada de amor,
amor que se volcó hacia la nada,
nada que ríe, desaforada,
desaforo que intima las miradas,
intimidad que nunca fue.

Y con eso termino. Gracias.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Carmela y la canasta

Iba Carmela caminando por la calle.

Su falda floreada barría con delicadeza el camino por el que pasaba.
Los huaraches desgastados rechinaban, reclamándole, a cada paso que daba sobre la tosca banqueta. El polvo no hacía más que enfurecerlos.

Con los años a cuestas caminaba Carmela.
En su vestido los detalles multicolor centelleaban sobre el fondo negruzco de tela igual de roída que sus sueños. En las manos llevaba su canasta.

Lentamente, como si no fuera a terminar la vida, avanzaba sobre el sendero que la conducía al centro comercial que tan raramente visitara.

Le gustaba caminar por aquella ruta, tan vacía y llena al mismo tiempo.
"Vacía de personas", decía, "pero llena de recuerdos... un poco, al menos".

Daba un paso y recordaba.
La heladería Martínez en la esquina de la Calle de la Luna, hoy abandonada, que antaño fuera verde claro y donde todavía se viera el arcaico dibujo de una paleta de limón; la Hacienda Domínguez, sustituida por los números 610 a 625 de la derecha en la misma calle; el quiosco de la plazuela, hoy convertido en caseta de vigilancia (cuarto de citas, pues); el viejo nogal que, cuando ella caminara por primera vez en aquél lugar, acababan de plantar los hijos del señor Vázquez; el largo etcétera que recorría sus empañadas pupilas.

"Buenas tardes, doña Flor".
"Buenas, doña Esther".
"¿Ya mero, don Fidel?"

Y todos la saludaban. Era sin duda una calle muy alegre.

A Carmela le encantaba recordar.
Cuando visitaba, antes, a sus amigas, le gustaba sentarse fuera del patio a contemplar desde su mecedora a los niños correr. Cuando visitaba antes a sus amigas; antes de que ella se fueran y se quedara sola con sus recuerdos.

Paso a paso, metro a metro, el camino se recorría bajo sus pies.
La canasta se balanceaba conforme ella cojeaba para caminar un poco más rápido que la nostalgia.

Las imágenes de tonalidades amarillentas se agolpaban en su cabeza.

A Carmela le gustaba comprar cosas, siempre.
Desde pequeña le encantó juntar dinero para gastarlo.
Muñecas de trapo compraba, y libretas, y lápices de colores fuera de la escuela, la primer escuela en la ciudad, hoy casona abandonada.

"Ya se van los huercos, doña Eulalia", gritó animada hacia el patio de una casa vieja.
"Ya ve, Carmelita, que vuelan antes que uno", respondió Eulalia sin levantar la vista del tejido.

Cuando por fin llegó al centro comercial habrían pasado ya tantos recuerdos que una vida no alcanza para recordarlos. Aún así, ella entró, negábase a irse.

Amablemente, como siempre, saludó a los empleados que, indiferentes, apenas le devolvían la mirada. Aún recordaba cómo esa tienda, la de don Chuy, comenzó a crecer hasta convertirse en aquel enorme y vasto edificio con doble estacionamiento y puertas automáticas.

Comenzó por lo sencillo.
Pan, café, chocolate, leche.
Frutas y Verduras era una sección especialmente delicada, no cualquier cosa compra Carmela, no cualquier cosa carga la orgullosa canasta.

Manzanas doradas, rojas, verdes; peras; aguacate de más allá y fresas de más acá.
La música que le gustaba comenzó a sonar en los altavoces. Comenzó a cantar.

Membrillo, camote, caña.
Avanzaba firmemente en los pasillos.
Granada, canela, ciruelas.
Calaveras de azúcar, muertos con sabor dulce, como la muerte misma.

Caja llena. Frío.

"Sabes, hijo, sólo vine por fruta y unas cuantas cosas", comenzó alzando la canasta para descargarla encima de la banda transportadora, dirigiéndose al cajero, "¿pones altar, hijo?", preguntó amablemente.
"No", respondió el autómata, dirigiendo su mirada a la pantalla.
"Qué triste, hijo", dijo Carmela y sus ojos melancólicos pudieron más que la lista de precios computarizada.
"Mi abuela pone", respondió él, un poco conmovido por la viejecilla.
"Qué bueno, hijo", sonrió Carmela.
"Sí", le devolvió la sonrisa el cajero.

Salió ella de la tienda y el joven la miró.
Probablemente lo despedirían, pero no le importó.
Es decir, ¿quién en su vida aceptaría monedas que hace cien años no se usan en el país?

"Para una vez que viene uno", susurró a su canasta la viejita, y salió para el mismo rumbo, a la calle desolada en donde, hacía cincuenta años, no vivía una sola alma.



lunes, 15 de octubre de 2012

Crónica de la visita a la casa de mi exnovia

Así es, me decidí a regresar.

Luego del último mensaje de confirmación, precedido por una sonrisa, tomé mi ropa limpia y me dispuse a tomar un baño para, por primera vez en un año, ir de nuevo a aquella casa ubicada en los límites de San Nicolás de los Garza con Escobedo.

Me pasé unos buenos cinco minutos mirando fijamente mis camisas, después de todo, siempre le había gustado que llevara camisa cuando iba por aquellos lugares; "no para presumir", me decía, "sino porque casi nunca las usas fuera de la escuela y me encanta cómo se te ven".
Al final me decidí por la prenda color azul oscuro que hacía juego con los pantalones de mezclilla desgastados y los tenis rotos; acomodé mi cabello y busqué por enésima vez mi desodorante (por alguna razón el bastardo seguía desapareciendo), para cuando terminé de arreglarme era ya un poco tarde para llegar temprano.

Tomé de la mochila las llaves, la credencial y la feria de la semana, que había estado particularmente exigente (esta vez sólo me quedaban veinte pesos en monedas de uno y cincuenta centavos).
Rumbo a la parada del camión noté aquel nerviosismo que me invadiera cuando por primera vez recorrí ese camino con igual destino.
Seguía caminando cuando los recuerdos se agolparon y una sonrisa se dibujó de pronto en mi rostro, "Vicky", susurré, pero luego mi mirada cambió, "recuerda, es tu mejor amiga".

Ya en el camión (de los dos tipos que maneja la línea, tuvo que tocarme el modelo destartalado que detesto), los juegos de palabras en los anuncios de las tiendas me distrajeron, sin embargo seguía pensando en aquel momento en el que debiera bajarme y caminar hacia su puerta para llamar firmemente; temía titubear justo como en aquella lejana experiencia en que su padre me recibió con la peor cara que pudo encontrar en su repertorio.

Unas calles antes de llegar recibí otro mensaje.
"¿Es cierto que vienes? No me la creo, después de tanto tiempo".
Sólo pude responder "tú espérame".

Con una sonrisa en el rostro bajé de aquél digno representante del infierno que era el transporte público y me dirigí, con un aplomo digno de un caballero medieval, hacia su casa, aquella casona de dos pisos que me sabía de memoria, por dentro y por fuera.

Sentimientos encontrados a ver a Kri, el gato negro que le regalé hacía mucho, recostado en el patio, moviendo apenas la cola. Me armé de valor, respiré hondo y me atreví a tocar la puerta con una moneda del valor acostumbrado (nada más y nada menos que cinco pesos, desde siempre había usado esa denominación para llamar a la puerta), luego di un paso atrás, acomodé mi camisa y la playera que llevaba debajo, miré mis uñas mordidas y volví a respirar hondo (nunca le gustó que me mordiera las uñas), observé detenidamente mis zapatos, como examinando que las cintas estuvieran bien atadas. Luego, la puerta.

"Pasa, ya baja Vicky", saludó serenamente su madre.
"Gracias", respondí yo bajando la cabeza, tan rojo como mi piel quemada por el sol regio podía ponerse.

Pasé a la sala, habían cambiado de posición los sillones, pero lo demás seguía en su lugar. La mesa de centro con la misma figura de cerámica de siempre (aquellos dos bailarines jarochos vestidos de blanco), los cuadros rústicos que conocí (incluyendo ese que mantenía un ángulo maldito que más de una vez intenté arreglar con mis propias manos), las lámparas en las pequeñas mesas de las esquinas de la habitación con la misma cantidad de polvo que antes. Todo era igual, y eso, quisiera o no, me dejaba una sensación de extrañeza.

Bajó por fin, luego de segundos interminables.
Mezclilla holgada y vieja, tenis desgastados, la blusa que revelaba su silueta perfectamente y una pequeña coleta cayendo por su hombro derecho, como recordándome que tenía el cabello corto de nuevo, como cuando comenzamos...

"Hola", saludó sonriente mientras se sentaba a mi lado.
"Hola, Vicky", dije yo, un poco intimidado por el silencio que provenía de la cocina, donde su madre apenas unos minutos había estado cortando algo para la comida.
"¿Cómo va la escuela?", dijo para romper el silencio que de seguro vendría.
"Bien, como debe ir, ¿no?", broma vieja, muy mala, por cierto.
"Claro", respondió con una sonrisa más grande que la anterior, "¿vamos a mi cuarto?".
"Bueno".

He de confesar que eso fue extraño.
Definitivamente no me esperaba pasar a su habitación tan rápido (ni siquiera me esperaba hacerlo ese día), así que me levanté un poco confundido luego que ella lo hiciera, como para confirmar que era cierto lo que había escuchado, y caminé hacia las escaleras detrás de ella.
Subíamos y todo de pronto iba regresando a mi mente. Los olores, las visiones, la respiración entrecortada, las risas, los pasos marcados en los escalones cuando jugábamos a pisar fuerte para molestar a la señora que debajo, en la cocina, nos gritaba enojada.

Empujó la puerta y nos sentamos a la orilla de la cama.
Tampoco su cuarto era muy diferente, el mural que le ayudé a pintar seguía intacto en la pared de la ventana; el librero estaba acaso más lleno, pero no pude ver desde donde estaba cuánto más.
Tomó a Leri, la osa blanca que le regalé en su cumpleaños, y la abrazó, luego me alcanzó una almohada para que yo hiciera lo mismo, siempre nos gustó sentarnos así, frente a frente, a hablar por largo rato de absolutamente nada, justo como pensé que haríamos esa tarde en su sala.

"Sabes, es raro que estés aquí de nuevo después de tanto tiempo", comenzó ella después de un pequeño y casi imperceptible suspiro.
"Pues, tú me invitaste... deifnitivamente la rara eres tú", respondí sonriendo y ella me correspondió.
"De pronto me dieron ganas de hablar contigo en persona, como en los viejos tiempos", dijo ella.
"Sí, bueno, ha pasado ya un tiempo, me siento extraño al estar aquí", confesé.
"¿Por qué?", preguntó desconcertada; sonreí.
"La última vez que entré a tu habitación, ¿lo recuerdas?", dije. Ella también sonrió y se sonrojó.
"Recuerdo que no encontrábamos ni tu cinturón ni mis calcetas, nos volvimos un poco locos", complementó con aire pícaro.
"Vaya que sí, Vicky", dije acostándome para mirar el techo que siempre me llamó la atención (texturizado de puntitos, ¿quién se resiste?).

Charlamos de trivialidades (que si la escuela, que si la familia, que si el concierto de su grupo favorito que nunca me terminó de convencer), comimos un poco de la comida que su madre había preparado y nos despedimos, sin más.

"¿Cuándo regresas, Luis?", me dijo finalmente.
"Cuando quieras", respondí, "sabes que tengo libres los fines de semana".
Sonreímos un instante especialmente largo y me dio un beso en la mejilla.

"Somos los mejores amigos, ¿cierto?".
"Somos los mejores amigos, cierto".

miércoles, 29 de agosto de 2012

Mi amiga Regina - Del extraño principio

Realmente no sé cómo empezar, así que creo que el inicio es buen punto de partida…
Nada cabría en mí menos que la duda de que el futuro de mis letras es incierto, al paso en que -una a una- van apareciendo bajo la rasgadura de mi pluma en el papel.

La historia, en su inicio, no sería historia sin dos grandes actores principales, digamos mi mejor amiga y yo; y menos sería relevante sin un medio en el cual se desarrollase, digamos, la preparatoria.
En aquel tiempo era usual el levantarse medio temprano, seguir con la tarea atrasada, bañarse, comer y emprender el viaje a la escuela, a eso de las once de la mañana; y así fue básicamente como viví mi último año en aquél lugar del que sinceramente no quería escapar.

De vez en vez, y con dispareja frecuencia, ella se aparecía de pronto en la misma parada de autobús que yo, mirándome, analizándome, sonriéndome.
Como buen escritor cohibido yo sólo bajaba la mirada, que luego escudriñaba intensamente el suelo, como si fuera a encontrar algo detrás de los cristales medio rayados que pendían de mis anteojos.
Luego, en un inexplicable giro de la situación, había días en que ella bajaba la mirada ante mis insistentes sonrisas inconscientes, salvo por un detalle: ella no tenía cristales desde los cuales mirar el suelo.

Pasando de largo los detalles de las clases -mi favorita era Ciencias Sociales, y por alguna razón las clases de Filosofía me repelían-, me limitaba a mirarla, desde una distancia prudente, en los descansos, cada vez más cortos para lograr mi cometido.
Pronto caí en la cuenta de que ninguno de los dos, a estas alturas de la preparatoria, ya por salir, contaba con un círculo de amigos fijo, como el resto de las personas solían hacer.
Así, de pronto ella discutía con unos acerca de animaciones japonesas mientras yo jugaba con el Club No Oficial de Ajedrez; luego, un instante después, su círculo de lectura de Harry Potter contrastaba con mis debates político-sociológicos o, como ahora le gustaba llamarlos, cómicos-mágicos-musicales; y esas escenas se repetían incesantemente, día tras día, entre libros, juegos de mesa y conversaciones típicas de un café de trescientos pesos.

Luego un día, sin más, sucedió.
Resulta que, como si fuera un mal cliché de película estadounidense, un día en el pasillo caminábamos frente a frente, pero entre una multitud tal que no podíamos identificarnos; de pronto un apretón inusual entre la gente hizo que nos topáramos -literalmente-, dejando caer lo que llevábamos en las manos -casualmente ella llevaba copias y yo mi proyecto sin engargolar, como en aquellos malos filmes-.
Fue un instante de confusión tal que, entre el cruce de nuestras miradas, sólo podíamos atinar a sonreírnos y juntar torpemente las hojas del suelo.

Es curioso cómo de pronto pasamos de ser los extraños que se veían casi a diario a los conocidos que recogían papeles, y de ahí, bueno, en ese momento no lo sabíamos ni podíamos siquiera tentar especularlo, pero -frase trillada- fue el inicio de una buena amistad.

Así es, estoy aquí tan sólo para contar cómo mi mejor amiga llegó a mi vida y demostrar, de una vez por todas, que no sólo las historias de amor romántico pueden ser escritas, y que no todos los encuentros casuales terminan en un abrazo al atardecer o un beso indescriptible.

Este fue mi primer día, uno de tantos, en el que yo, Rodrigo, contaré -ya de a poco, ya apurado- los pormenores de una historia que, aunque no muy vistosa, es mía; mía y de nadie más… Bueno, también ella comparte el crédito, claro.

Así, luego de aquel extraño día, luego de terminar las clases y coincidir de nuevo al esperar el autobús, una frase tímida salió de mis labios: “Regina, ¿quieres ser mi amiga?”.
Luego de asentir con la cabeza y sonreír, subimos y comenzó el viaje de regreso a casa.

jueves, 2 de agosto de 2012

Interrogantes

En el inicio estaba Él, y contemplaba las estrellas.

Era de noche, sin duda, porque había oscurecido y se veían aquellos puntos titilantes en el horizonte, porque el aire soplaba fresco sobre la llanura y porque, tal vez el más importante indicio, Él comenzaba a cuestionarse.

Miró a su alrededor, un mundo hecho, que poco a poco se movía, estático, sobre un lecho azul profundo cubierto de fuegos y rocas, como la cueva misma en que Él vivía.

Los sonidos lo desconcertaban.
Ahí estaba el búho y el águila, el lobo y los ratones; las cansinas miradas del antílope y los gráciles movimientos del elefante; ahí estaban todos y, más allá, aquellas criaturas que nunca osara mirar, y a las que sin duda les faltarían nombres comprensibles para las lenguas de todos los Demás.
Pero Él siguió cuestionándose.

Sentado como estaba en una enorme roca, sus dedos se rozaban y estrechaban de vez en vez, como lo hacía con la lanza y el hacha que su padre, el antiguo Él, le había enseñado a fabricar y utilizar.
Movía de poco en poco los pies sobre la arenilla suelta y el césped humedecido, y pronto volvió a mirar el cielo.

Él era él, simplemente, y en su hogar lo esperaban Ella y el pequeño Él, dormido sobre la piel del animal que sirviera de comida esa misma tarde.

Y fue así cuando Él, en su infinita sabiduría e inacabable ignorancia, pensó; y pensó tanto que se formuló, con miedo, la primera pregunta.
"¿Qué es ser?", resonó de sus labios.
Esa noche la Humanidad comenzó.

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Fue de súbito que se levantó, como sacudido por el tan maldecido balde de agua helada que el General solía usar con quien no atendiera al llamado del clarín al primer toque.

Hans, el soldado, hallóse perplejo ante la claridad del cielo prusiano, y el espectral silencio de la zanja en que se hallaba metido, sólo roto por algún animalejo que jugueteara con el agua que le cubría hasta los tobillos.

Hallábase solo, completamente solo, como lo había estado las últimas diez horas, incomunicado e incapaz de avanzar sin la seguridad de que una bala, amiga o enemiga, le atravesaría la sien antes de ver la hierba moverse en el campo.

Pero había algo que sí podía ver, porque esa noche, después de una ligera llovizna, salieron las estrellas.
Eran incontables, como solían ser, pero había algo más cautivador en las de este momento en particular, no eran simplemente estrellas.

Hans era Él, simplemente, y lejos, en su país, lo esperaba Anne con una lámpara encendida en la ventana, y Dalia, la pequeña recién nacida, mecida en los brazos de su madre.

Pronto Hans miró sus manos, manchadas de lodo y sangre extranjera, y las apretó como lo hacía sobre el poderoso rifle que llevaba a cuestas las más veces, pero que pocas ocasiones se atrevió a disparar.

Ahí, en soledad, Él se formuló una pregunta, tal vez no la primera, pero sí la que más importancia había tenido para sí.
"¿Por qué estoy aquí?", salió de los secos labios que coronaban la blanca dentadura.
Esa noche, la Humanidad colapsó.

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Tirada en el jardín que más le gustaba, encontrábase Nilda.
El vestido desparramado sobre el pasto recién cortado, humedecido ya por el rocío de la madrugada.

Pocas ocasiones era que la joven no miraba el cielo, ya para contemplarlo, ya para componerle estrofas asonantes que, sin duda, en su cabeza resultaban más agradables que cuando su voz, tan tímida como siempre había sido, intentaba reproducir con tembloroso esfuerzo las palabras.
Esa noche no fue la excepción, pero el cielo sí lo fue.

Una cálida tarde la había dejado agotada, entre la mañana ajetreada ocupada con los exámenes finales, la media tarde en que había descubierto, por fin, aquello que era hacer el amor, y la temprana noche en que regresó a la casa de su tía, después de diez años de no poder visitarla.

Sonrió ante el absurdo que representaba su deseo de colgarse de aquél árbol como cuando era niña, como cuando Nilda era Ella, la pequeña de siete años que correteaba mariposas.

Levantóse de pronto, sentándose.

Sus ojos miraron en lo profundo del infinito vacío que, lleno de estrellas, no podía ser lo que era.

Nilda era simplemente Ella, y se dio cuenta con un suspiro de esos que pocas veces se le conocieron, por su profundidad, calma y valentía; pero en el fondo, comenzó a cuestionarse.

Sus dedos jugueteaban con la hierba corta, arrancando de vez en vez alguna hoja de la tierra viva, arrancándose, según lo entendió, un pedazo de Ella misma.

Nilda era, simplemente, Ella, pero nadie la esperaba.
Rodrigo dormía plácidamente en su casa, lejos de ahí, y Arnoldo, su gato, la miraba desde la ventana; pero no la esperaban, no al menos como se esperaba a aquellos que venían de la guerra, o incluso a aquellos que nada tenían, ni nada tuvieron.

Ella pensó, y pensó mucho; y de tanto pensar se formuló una pregunta.
No la primera, ni la última, ni siquiera la más importante, sino el más intrascendente cuestionamiento que Ella se hubiera planteado.
"¿Qué es amar?", susurraron sus delicados labios.
Esa noche, la Humanidad quiso ser otra cosa.

¿Lo habrá logrado?

domingo, 6 de mayo de 2012

Despertar

La noticia lo tenía extasiado.

Afuera hacía un calor infernal, así que encendió el viejo aire lavado de sus padres justo al entrar; dejó sus zapatos y calcetines en el camino hacia la cocina, abrió el refrigerador y sacó la enorme jarra de agua de limón que había preparado gustoso en la mañana; volvió a la sala, al sillón principal, encendió el viejo televisor, ancho como sólo él, sintonizó las noticias y se dispuso a beber a sus anchas, sin usar vaso alguno. Luego sonrió, después de todo, el ganador de un millón de pesos podía hacer esa y mil cosas más.

Miró a su alrededor, su casa era un desmadre hecho y derecho, como sus padres le habían vaticinado al notificarle que se la heredarían, pero sin duda ahora sí podría llevar a cabo todas las mejoras que había pensado: cama nueva, ventilación nueva, estufa nueva, calentador nuevo, básicamente casa nueva.
La risa lunática que hacía correr a los niños de la colonia se le escapó de nuevo por entre los dientes entrecerrados. Pronto se quedó dormido en su propia fascinación.

Hacía frío.
Él seguía sonriendo mientras se cruzaba de brazos, a cada carcajada le seguía una nubecilla ligera de vaho tímido.
Todo a su alrededor tenía un toque violáceo y le costaba ver con precisión más allá de cinco metros.
Avanzó entre el frío, porque, claro, no podía quedarse en el mismo lugar toda la noche; a cada paso las hojas invisibles bajo sus pies crujían, casi chillaban, como si un gran dolor las estrujara.
Pronto lo embargó el desconsuelo, su mirada se perdía en cada sombra inmóvil que lo vigilaba en un mortal silencio tenso, su respiración se hizo más rápida y pronto sintió cómo su pecho apenas podía contener su corazón.


La boca seca, los pies cansados, y lágrimas heladas de impotencia en sus ojos.
Escuchaba ahora susurros, fríos, monótonos, lúgubres, muertos.
El suelo se movía como las aguas furiosas de los mares que nunca había visto, pronto unos pasos se hicieron presentes detrás de él.
Una presencia, alta, dibujó una sombra más oscura que la oscuridad sobre sus hombros; luego, como cosa de magia, recordó que aquél lugar no era donde debiera estar, después de todo, no había agua de limón.
Despertó.

Sudaba y temblaba.
La jarra se había estrellado contra el piso, salpicando el viejo sillón que imploraba lo tapizaran de nuevo o lo jubilaran, sea cual fuere la menos dolorosa.
Sus ojos hurgaron un tiempo en cada rincón de la sala, sin las fuerzas apenas para mover su cuello cuidadosamente.
Volvió a mirar la televisión, ahí estaba el presentador de voz monótona y vista cansada, revisando sus apuntes distraídamente mientras contaba el mismo chiste desabrido de la emisión de las seis de la mañana del mismo noticiero.

Sonrió de nuevo, era un hombre positivo, después de todo.
Se levantó como pudo, entre temblores de piernas y brazos; buscó los enseres para recoger el desastre que su sueño había dejado.
Para cuando regresó pisó sin querer un pedazo de vidrio de la jarra; el crujir del vidrio bajo su pie lo sobresaltó y le encogió el corazón. Un chillido, un temible y doloroso chillido que le heló el alma y lo paralizó por completo.
Miró hacia abajo y no vio nada extraño con su pie, era extraño que no le pasara nada tras pisar semejante pedazo de cristal.
Despertó.


Si pie sangraba profusamente y el dolor le fue subiendo por el tobillo hacia la rodilla; pronto toda la pierna estaba acalambrada.
Su corazón seguía latiendo con fuerza, las sienes le estaban por estallar y sentía palpitar sus ojos y temblar sus manos.
Comenzó a dar pasos hacia su baño, arrastrando el miembro inútil que acababa de herir, dejando un río rojo tras de sí, que impregnaba el suelo con su dolor.


Entró en el pequeño cuarto y se sentó en el piso de la regadera, sacó el pedazo de jarra que seguía en su piel para luego tomar una toalla y comenzar a hacer presión, las lágrimas de dolor pronto asomaron en su rostro, rojizo por el esfuerzo.
Abrió la llave del agua fría, que por el clima de afuera debía estar tibia.
De nuevo, el chillido se apoderó de sus oídos.
De la regadera caía sangre, sangre helada que lo hería como dagas, y el poderoso ruido le taladraba el alma.
Pronto comenzó a gritar a la par de aquel ruido. 


Como pudo salió del infierno helado.
Todo él era un charco pútrido de sangre y lágrimas, se sacudió en convulsiones de asco y dolor, gimiendo y llorando, entre gritos y agonía.
Despertó.

No había nadie en su casa, justo como en los últimos cinco años.
Dejó el desastre de la jarra y se dirigió apresuradamente a la puerta, aún debía cobrar si premio, tal vez eso era lo que lo tenía tan alterado.
Pero, tan pronto como tocó la perilla, aquél chillido infernal resonó en cada esquina de su alma.
¿Despertó?
...