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jueves, 2 de agosto de 2012

Interrogantes

En el inicio estaba Él, y contemplaba las estrellas.

Era de noche, sin duda, porque había oscurecido y se veían aquellos puntos titilantes en el horizonte, porque el aire soplaba fresco sobre la llanura y porque, tal vez el más importante indicio, Él comenzaba a cuestionarse.

Miró a su alrededor, un mundo hecho, que poco a poco se movía, estático, sobre un lecho azul profundo cubierto de fuegos y rocas, como la cueva misma en que Él vivía.

Los sonidos lo desconcertaban.
Ahí estaba el búho y el águila, el lobo y los ratones; las cansinas miradas del antílope y los gráciles movimientos del elefante; ahí estaban todos y, más allá, aquellas criaturas que nunca osara mirar, y a las que sin duda les faltarían nombres comprensibles para las lenguas de todos los Demás.
Pero Él siguió cuestionándose.

Sentado como estaba en una enorme roca, sus dedos se rozaban y estrechaban de vez en vez, como lo hacía con la lanza y el hacha que su padre, el antiguo Él, le había enseñado a fabricar y utilizar.
Movía de poco en poco los pies sobre la arenilla suelta y el césped humedecido, y pronto volvió a mirar el cielo.

Él era él, simplemente, y en su hogar lo esperaban Ella y el pequeño Él, dormido sobre la piel del animal que sirviera de comida esa misma tarde.

Y fue así cuando Él, en su infinita sabiduría e inacabable ignorancia, pensó; y pensó tanto que se formuló, con miedo, la primera pregunta.
"¿Qué es ser?", resonó de sus labios.
Esa noche la Humanidad comenzó.

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Fue de súbito que se levantó, como sacudido por el tan maldecido balde de agua helada que el General solía usar con quien no atendiera al llamado del clarín al primer toque.

Hans, el soldado, hallóse perplejo ante la claridad del cielo prusiano, y el espectral silencio de la zanja en que se hallaba metido, sólo roto por algún animalejo que jugueteara con el agua que le cubría hasta los tobillos.

Hallábase solo, completamente solo, como lo había estado las últimas diez horas, incomunicado e incapaz de avanzar sin la seguridad de que una bala, amiga o enemiga, le atravesaría la sien antes de ver la hierba moverse en el campo.

Pero había algo que sí podía ver, porque esa noche, después de una ligera llovizna, salieron las estrellas.
Eran incontables, como solían ser, pero había algo más cautivador en las de este momento en particular, no eran simplemente estrellas.

Hans era Él, simplemente, y lejos, en su país, lo esperaba Anne con una lámpara encendida en la ventana, y Dalia, la pequeña recién nacida, mecida en los brazos de su madre.

Pronto Hans miró sus manos, manchadas de lodo y sangre extranjera, y las apretó como lo hacía sobre el poderoso rifle que llevaba a cuestas las más veces, pero que pocas ocasiones se atrevió a disparar.

Ahí, en soledad, Él se formuló una pregunta, tal vez no la primera, pero sí la que más importancia había tenido para sí.
"¿Por qué estoy aquí?", salió de los secos labios que coronaban la blanca dentadura.
Esa noche, la Humanidad colapsó.

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Tirada en el jardín que más le gustaba, encontrábase Nilda.
El vestido desparramado sobre el pasto recién cortado, humedecido ya por el rocío de la madrugada.

Pocas ocasiones era que la joven no miraba el cielo, ya para contemplarlo, ya para componerle estrofas asonantes que, sin duda, en su cabeza resultaban más agradables que cuando su voz, tan tímida como siempre había sido, intentaba reproducir con tembloroso esfuerzo las palabras.
Esa noche no fue la excepción, pero el cielo sí lo fue.

Una cálida tarde la había dejado agotada, entre la mañana ajetreada ocupada con los exámenes finales, la media tarde en que había descubierto, por fin, aquello que era hacer el amor, y la temprana noche en que regresó a la casa de su tía, después de diez años de no poder visitarla.

Sonrió ante el absurdo que representaba su deseo de colgarse de aquél árbol como cuando era niña, como cuando Nilda era Ella, la pequeña de siete años que correteaba mariposas.

Levantóse de pronto, sentándose.

Sus ojos miraron en lo profundo del infinito vacío que, lleno de estrellas, no podía ser lo que era.

Nilda era simplemente Ella, y se dio cuenta con un suspiro de esos que pocas veces se le conocieron, por su profundidad, calma y valentía; pero en el fondo, comenzó a cuestionarse.

Sus dedos jugueteaban con la hierba corta, arrancando de vez en vez alguna hoja de la tierra viva, arrancándose, según lo entendió, un pedazo de Ella misma.

Nilda era, simplemente, Ella, pero nadie la esperaba.
Rodrigo dormía plácidamente en su casa, lejos de ahí, y Arnoldo, su gato, la miraba desde la ventana; pero no la esperaban, no al menos como se esperaba a aquellos que venían de la guerra, o incluso a aquellos que nada tenían, ni nada tuvieron.

Ella pensó, y pensó mucho; y de tanto pensar se formuló una pregunta.
No la primera, ni la última, ni siquiera la más importante, sino el más intrascendente cuestionamiento que Ella se hubiera planteado.
"¿Qué es amar?", susurraron sus delicados labios.
Esa noche, la Humanidad quiso ser otra cosa.

¿Lo habrá logrado?

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