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viernes, 2 de noviembre de 2012

Carmela y la canasta

Iba Carmela caminando por la calle.

Su falda floreada barría con delicadeza el camino por el que pasaba.
Los huaraches desgastados rechinaban, reclamándole, a cada paso que daba sobre la tosca banqueta. El polvo no hacía más que enfurecerlos.

Con los años a cuestas caminaba Carmela.
En su vestido los detalles multicolor centelleaban sobre el fondo negruzco de tela igual de roída que sus sueños. En las manos llevaba su canasta.

Lentamente, como si no fuera a terminar la vida, avanzaba sobre el sendero que la conducía al centro comercial que tan raramente visitara.

Le gustaba caminar por aquella ruta, tan vacía y llena al mismo tiempo.
"Vacía de personas", decía, "pero llena de recuerdos... un poco, al menos".

Daba un paso y recordaba.
La heladería Martínez en la esquina de la Calle de la Luna, hoy abandonada, que antaño fuera verde claro y donde todavía se viera el arcaico dibujo de una paleta de limón; la Hacienda Domínguez, sustituida por los números 610 a 625 de la derecha en la misma calle; el quiosco de la plazuela, hoy convertido en caseta de vigilancia (cuarto de citas, pues); el viejo nogal que, cuando ella caminara por primera vez en aquél lugar, acababan de plantar los hijos del señor Vázquez; el largo etcétera que recorría sus empañadas pupilas.

"Buenas tardes, doña Flor".
"Buenas, doña Esther".
"¿Ya mero, don Fidel?"

Y todos la saludaban. Era sin duda una calle muy alegre.

A Carmela le encantaba recordar.
Cuando visitaba, antes, a sus amigas, le gustaba sentarse fuera del patio a contemplar desde su mecedora a los niños correr. Cuando visitaba antes a sus amigas; antes de que ella se fueran y se quedara sola con sus recuerdos.

Paso a paso, metro a metro, el camino se recorría bajo sus pies.
La canasta se balanceaba conforme ella cojeaba para caminar un poco más rápido que la nostalgia.

Las imágenes de tonalidades amarillentas se agolpaban en su cabeza.

A Carmela le gustaba comprar cosas, siempre.
Desde pequeña le encantó juntar dinero para gastarlo.
Muñecas de trapo compraba, y libretas, y lápices de colores fuera de la escuela, la primer escuela en la ciudad, hoy casona abandonada.

"Ya se van los huercos, doña Eulalia", gritó animada hacia el patio de una casa vieja.
"Ya ve, Carmelita, que vuelan antes que uno", respondió Eulalia sin levantar la vista del tejido.

Cuando por fin llegó al centro comercial habrían pasado ya tantos recuerdos que una vida no alcanza para recordarlos. Aún así, ella entró, negábase a irse.

Amablemente, como siempre, saludó a los empleados que, indiferentes, apenas le devolvían la mirada. Aún recordaba cómo esa tienda, la de don Chuy, comenzó a crecer hasta convertirse en aquel enorme y vasto edificio con doble estacionamiento y puertas automáticas.

Comenzó por lo sencillo.
Pan, café, chocolate, leche.
Frutas y Verduras era una sección especialmente delicada, no cualquier cosa compra Carmela, no cualquier cosa carga la orgullosa canasta.

Manzanas doradas, rojas, verdes; peras; aguacate de más allá y fresas de más acá.
La música que le gustaba comenzó a sonar en los altavoces. Comenzó a cantar.

Membrillo, camote, caña.
Avanzaba firmemente en los pasillos.
Granada, canela, ciruelas.
Calaveras de azúcar, muertos con sabor dulce, como la muerte misma.

Caja llena. Frío.

"Sabes, hijo, sólo vine por fruta y unas cuantas cosas", comenzó alzando la canasta para descargarla encima de la banda transportadora, dirigiéndose al cajero, "¿pones altar, hijo?", preguntó amablemente.
"No", respondió el autómata, dirigiendo su mirada a la pantalla.
"Qué triste, hijo", dijo Carmela y sus ojos melancólicos pudieron más que la lista de precios computarizada.
"Mi abuela pone", respondió él, un poco conmovido por la viejecilla.
"Qué bueno, hijo", sonrió Carmela.
"Sí", le devolvió la sonrisa el cajero.

Salió ella de la tienda y el joven la miró.
Probablemente lo despedirían, pero no le importó.
Es decir, ¿quién en su vida aceptaría monedas que hace cien años no se usan en el país?

"Para una vez que viene uno", susurró a su canasta la viejita, y salió para el mismo rumbo, a la calle desolada en donde, hacía cincuenta años, no vivía una sola alma.